La experiencia de María Cristina Gonzáles durante la dictadura militar
Por Montesano, Muradas y Scarfo

Cristina tenía 25 años en aquella época; trabajaba como maestra de nivel inicial, primario y maestra domiciliaria de la rama educativa de educación especial.
Francesca Scarfo: —¿Tenés algún conocido que haya sufrido en la época de la dictadura?
Cristina Gonzáles: —Vamos a hablar en este momento de la dictadura militar que se inició en el año 1976, el 24 de marzo. En ese momento todos nos sentíamos algo atemorizados, un poco desesperanzados… En mi caso particular, ya había transitado la escuela secundaria con otro proceso militar, que fue el derrocamiento al presidente elegido por voto popular, a Arturo Illia, y esto nos traía muchos recuerdos. No teníamos mucha información de qué pasaba con determinadas personas. Sabíamos porque de boca en boca nos íbamos contando que le pasaba a algún excompañero de trabajo o de estudio. En mi caso, tuve dos personas que sufrieron persecuciones por mano de los militares.
Marta, una excompañera con la que nos seguíamos encontrando cada tanto. Ella estudiaba en la facultad de Filosofía. En ese momento, estudiaba la carrera de Psicología, militaba con su novio en el partido peronista y debió exiliarse primero a Brasil y luego viajó a Europa porque figuraba en una nómina de personas que iban a ser próximamente detenidas. Nosotros con mucho temor y tristeza nos íbamos preguntando unos a otros si alguien había visto a Marta, o si sabían algo, y durante más de 20 años no supimos nada de ella. Con el correr del tiempo, regresó a Argentina y se comunicó con algunos excompañeros. Ahí nos contó cómo fue y cómo pudieron pasar al país vecino, con la ayuda económica de familiares, trasladarse a España.
Otra compañera fue una de trabajo, Clara, de la que me acuerdo muy bien. La tengo presente en todo momento. Yo trabajaba en ese momento en una escuela de nivel primario de educación especial, y de pronto, un día Clara dejó de venir a trabajar. Con el correr de los días, habló por teléfono con la directora, le dijo que por un problema personal no iba a poder venir por unos días. Pasaban los días y no venía. La directora intentó comunicarse con la familia pero nadie contestó. Todos empezamos, en pequeños grupos o individualmente, a sacar conclusiones de qué les había pasado a ella y a su esposo. Habían sido víctimas de algún secuestro. Con el pasar del tiempo, nos enteramos por una excompañera que Clara y su esposo habían sido detenidos en un allanamiento de las fuerzas militares. Nunca más supimos nada de ellos dos. Lo que sabíamos era que su marido era miembro de un sindicato, porque él trabajaba en una fábrica. La familia de Clara también se fue del país.
Camila Muradas: —¿Cómo la pasaron vos y tu familia en la dictadura?
Cristina Gonzáles: —En ese momento, estaba trabajando como maestra y estaba terminando un profesorado. No teníamos conocimiento, al principio, del proceso militar, de la cantidad de personas que ya habían sido víctimas de secuestro, desaparición, torturadas y luego asesinadas. Teníamos conocimiento por el boca a boca de que algo pasaba porque la gente no se animaba a hablar, a denunciar si algún vecino había sido víctima de un secuestro… Sabíamos que había detenciones arbitrarias y todos vivíamos con preocupación y temor. Se vivía con miedo de ser detenido y torturado. Los medios de comunicación no contaban nada de lo que pasaba porque estaban en manos de interventores que habían sido designados por las autoridades militares. En particular, mi familia no fue víctima de ninguna acción directa, pero sí de sentirse con mucha tristeza y desesperanza por lo que nos íbamos enterando.
Catalina Montesano: —¿Cómo era la situación económica?
Cristina Gonzáles: —Vivíamos en un momento de mucha inflación. El ministro de economía del proceso militar, Alfredo Martinez de Hoz, promovió la apertura de las importaciones, la liberación del tipo de cambio, la no defensa de las industrias nacionales… Muchas fábricas cerraron sus puertas, hubo despidos masivos. Nosotros lo padecimos en forma personal porque un familiar muy directo de mi esposo con mucho esfuerzo había armado una pequeña empresa y debido a las importaciones y al no poder competir con sus precios y productos en el mercado, tuvo que cerrar la empresa. Se habían prohibido las huelgas, se intervinieron los sindicatos… O sea, no había forma de manifestarse en contra de esta política económica.
Francesca Scarfo: —¿Viviste algún momento de violencia?
Cristina Gonzáles: —Como dije anteriormente, yo trabajaba como maestra. Como una forma de protección viajaba con guardapolvo. Tenía que trasladarme usando transporte público y a distancias importantes. Viajaba a la mañana, al mediodía, a la tarde. En cualquiera de estos horarios, las fuerzas militares paraban el transporte público y subían. Miraban a los pasajeros, pedían que los hombres bajaran de los colectivos, los revisaban y a las mujeres nos revisaban los bolsos. A mí me revisaron varias veces mis elementos de trabajo. Antes a todos nos pedían el documento y muchas veces, lo tuvieras o no, podías ser llevada detenida.
CMB: —¿Cómo era la situación en la calle? ¿Había usualmente disturbios?
CG: —Yo vivía en un barrio de clase media, cerca de una estación de ferrocarril. El clima era de aparente “normalidad”. Pero transitaban por las calles, custodiaban los edificios públicos, custodiaban la estación de tren, la salida de los micros. El personal, muy equipado con armas de las fuerzas militares. Se veían, a determinadas horas, trasladarse por la calle camiones con muchos soldados. No estaban permitidas las reuniones en las calles.
Tengo una anécdota. Tenía amigos que estaban acostumbrados a juntarse en las esquinas para charlar sobre fútbol, o intercambiar información de trabajo y dejaron de hacerlo porque las reuniones estaban prohibidas. No había recitales, las fuerzas armadas te podían parar y pedir tu documento en cualquier momento del día y te podían arrestar. Entonces, tenías cierta desesperanza, intranquilidad y temor al transitar la calle.
CM: —A pesar de la situación, ¿iban al colegio con normalidad?
CG: —En general, había clases. En los niveles que yo trabajaba (inicial y primario), había clases en la mayoría de los días salvo por algún hecho particular. Las escuelas secundarias. Muchas fueron víctimas de interrupciones porque se presentaban las fuerzas armadas y suspendían las clases sin explicar el motivo. Pero sobre todo, la situación se daba en las universidades, donde muchas veces entraba el personal de las fuerzas militares y decretaba que se suspendieran las clases. Revisaban o buscaban a determinados jóvenes. En mi caso, cuando yo cursaba algunas materias, los profesores nos explicaban que había expertos, escritores o investigadores que habían profundizado sobre determinado tema. Pero no se podía acceder a esa información, a ese material, porque los autores estaban prohibidos. Nosotros sabíamos que durante el proceso militar se quemó mucho material bibliográfico y se prohibió la venta de libros y muchos intelectuales e investigadores se fueron del país.
FS: —¿Cómo eran los saqueos en las casas? ¿Alguna vez pasaste por uno?
CG: —El proceso de organización nacional, la dictadura militar, llevó a cabo un plan sistemático de persecución de personas. La mayoría de las víctimas eran estudiantes, profesionales, sindicalistas, docentes y escritores. Había listas de personas a detener. El arresto de personas generalmente era de noche; militares armados en varios autos llegaban a una vivienda. Con sus armas, abrían a golpes la puerta y apuntaban o amenazaban a todos los miembros de la familia y en algunas ocasiones se llevaban detenidos a una o más personas de esa familia. No tenías posibilidad de defenderte. Quienes eran detenidos eran llevados a un centro clandestino de detención y la familia no tenía cómo averiguar adónde habían sido llevados. En mi caso, mientras vivía en Lomas de Zamora, una noche sentimos golpes, gritos… En la madrugada, nos asomamos a mirar a oscuras por la ventana. La mayoría de vecinos hacía lo mismo. Vimos luces de un auto en la casa de un abogado. Nunca más lo volvimos a ver. La familia, a los días, se fue del lugar.
CMB: —Al regreso de la democracia, ¿Cómo era el ambiente en las calles, en las casas y en las escuelas?
CG: —A comienzos de 1983, las fuerzas armadas estaban muy desprestigiadas. Ya teníamos más conocimientos los ciudadanos de los hechos de violaciones, de torturas, desaparición y muerte que había pasado con muchas personas. Se había perdido la Guerra de las Malvinas al luchar contra el Reino Unido. Había ya marchas de organismos de defensa de los derechos humanos, había tomado más importancia y reconocimiento en la sociedad las marchas de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, que desde un inicio de la dictadura comenzaron a dar vueltas alrededor de la pirámide de la Plaza de Mayo y a pedir por la aparición de sus hijos o nietos. Llegaban informes de periódicos o medios del exterior sobre la cantidad de desaparecidos. Todo esto hizo que el gobierno militar precipitara la entrega del poder y llamó a elecciones el 30 de octubre de 1983. Todos queríamos participar de este hecho histórico. La gente comenzó a asistir a las reuniones de partidos políticos o a los actos.
Yo, personalmente, fui a actos de partidos políticos, acompañada a veces por familiares, y la gente previo a las elecciones, se involucró más en los partidos políticos y quiso participar como fiscal. O querían participar llevando a los fiscales de día en sus autos adonde iban a estar en el acto eleccionario. Había un clima de esperanza y de alegría. En las familias, ya se opinaba e incluso se discutía sobre política. Dentro de una familia, había miembros que eran adherentes a un partido político y otros eran simpatizantes de otro partido. Podías hablar en las calles, se retomaron determinadas reuniones donde el tema principal era cómo iba a estar el país después de las elecciones del 30 de octubre.
Tuve el honor, y estoy orgullosa, de poder participar como autoridad de mesa en el acto eleccionario del 30 de octubre de 1983. Fue una experiencia muy importante, con mucha responsabilidad, donde pude ver cómo la gente grande venía ilusionada a emitir su voto. Esto se lo cuento yo siempre a mis nietas porque esto es un hecho histórico en mi vida.
CM: —Y vos, Cris, ¿cómo te sentiste al respecto de la vuelta de la democracia?
CG: —Al igual que muchos jóvenes, con mucha esperanza compromiso porque había que trabajar para construir un modelo de país diferente. Al finalizar la dictadura, triunfó como presidente el Doctor Raúl Alfonsín. Se realizó el juicio a las juntas militares, ahí se comenzó a tomar dimensión del horror en el que habíamos vivido al escuchar el testimonio de aquellos que habían sido víctimas o que eran un familiar de alguna víctima del gobierno militar. Se produjo el informe del Nunca más, al que todos adherimos.
FS: —Al finalizar la dictadura, ¿cómo terminó todo? ¿Al poco tiempo fuiste a ver una obra, una película o a escuchar música?
CG: —El regreso a la democracia es un momento histórico. Todos los que vivimos en esa época nunca nos vamos a olvidar de lo que vivimos en ese momento. La población entera se volcó a la calle el día de la asunción de Raúl Alfonsín. Todos querían expresar su alegría, su esperanza y al iniciarse el gobierno democrático muchos artistas, escritores, intelectuales y profesionales volvieron de a poco al país. Se estrenaron varias películas; había dos que hacían referencia al clima que se vivía con el terrorismo del Estado. Una es La historia oficial y la otra es Camila. Yo fui al cine a ver el estreno de la primera con mi familia al poco tiempo de su estreno. La película se presentó en los premios Oscar, que ganó como Mejor Película Extranjera. La segunda película la vi un año más tarde en el cine. Empezamos a leer artículos o libros de autores que hasta ese momento estaban prohibidos y que para mi profesión fueron muy importantes.
Si yo les puedo decir algo, es que todos siempre luchemos, trabajemos y construyamos entre todos esta bendita democracia que tenemos que defender para el bien de nuestro país.—